Nada, Carmen Laforet

Sin abrir los ojos sentí otra vez una oleada venturosa y cálida. Estaba en Barcelona. Había amontonado demasiados sueños sobre ese hecho concreto para no parecerme un milagro aquel primer rumor de la ciudad diciéndome tan claro que era una realidad verdadera como mi cuerpo, como el roce áspero de la manta sobre mi mejilla.


 

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Nada es Andrea y Barcelona y la casa de la calle de Aribau. Es la Universidad y la familia. Abrirse a la libertad y las ataduras impuestas. Es un conflicto y una tregua que anticipa otras batallas. O son las mismas, repetidas una y otra vez. Un baúl de secretos, lo no dicho, lo que dicen los ojos, lo que se espía detrás de las puertas, lo que se observa. Andrea observa y vive.

Andrea, la voz narrativa y protagonista, actúa en la mayoría de las ocasiones como una espectadora. A través de su punto de vista conocemos a cada uno de los personajes, presentados desde una óptica muy concreta: se inscriben siempre en el plano ficcional, les rodea un aura de misterio, grotesca. En el primer encuentro, parecen figuras salidas de los grabados de Goya. El hecho de caricaturizarlos de esta manera, podría dificultar que lleguemos a empatizar con ellos; sin embargo, conocer sus sentimientos y su sufrimiento los humaniza y así sentiremos lástima de su suerte (“Gloria, la mujer serpiente, durmió enroscada en su cama hasta el mediodía, rendida y gimiendo en sueños. Por la tarde me enseñó las señales de la paliza que le había dado Juan la noche antes y que empezaban a amoratarse en su cuerpo”). Son retratos humanos de una época concreta: la posguerra. En ellos se dibujan las consecuencias  personales de la Guerra Civil, los rencores, la miseria, la imposibilidad de empezar de cero.

Exceptuando la incursión nocturna en el Barrio Chino, la familia de la calle de Aribau se desenvuelve en las cuatro paredes de esa casa tenebrosa y llena de conflictos. Esta situación acrecienta la presión y la sensación de asfixia de Andrea que tiene que soportar el escrupuloso control de su tía Angustias a cada paso que da. Todos los estados de Andrea, la agitación, la euforia o la crispación, son relatados por Carmen Laforet de una manera muy sensorial, utilizando imágenes, colores y metáforas plásticas que nos sumergen en su mundo interior. El lector es una parte más de la obra, otro observador como Andrea. (“Me escapé y los escalones me volaban bajo los pies. La risa de Román me alcanzaba, como la mano huesuda de un diablo que me cogiera la punta de la falda”)


La ciudad cuando empieza a envolverse en el calor del verano tiene una belleza sofocante, un poco triste. A mí me parecía triste Barcelona mirándola desde la ventana del estudio de mis amigos, en el atardecer. Desde allí un panorama de azoteas y tejados se veía envuelto en vapores rojizos y las torres de las iglesias antiguas parecían navegar entre olas. Por encima, el cielo sin nubes cambiaba sus colores lisos. De un polvoriento azul pasaba a rojo sangre, oro, amatista. Luego llegó la noche…

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