Un poema de Berta García Faet.

Recuerdo una asignatura, “Géneros Literarios 1”, en la que analizábamos el contenido de los poemas. Llevábamos a cabo una verdadera operación de los versos, extrayendo metáforas e intertextualidades, traduciendo el sentido (creyendo que conocíamos el idioma). Imagina ahora a uno de esos poetas (porque siempre eran textos escritos por hombres) espiándonos tras la puerta entreabierta, pensando: “¡qué ilusos! Cuántas vueltas le dan al poema, los dejan desnudos, contadas sus partes para, al final, no saber nada o saber demasiado”. La conclusión a la que he llegado es que los poemas podrían clasificarse en tres grupos:

  • Poemas que necesitan ser explicados para entender su significado y así apreciar el trabajo y la genialidad que entrañan.
  • Poemas que se disfrutan sin querer indagar más. Nos deleitamos con las palabras escogidas, el ritmo al que bailan, nos dejamos llevar por el arte.
  • Poemas que explican. Ellos te enseñan a ti y solo exigen una lectura atenta, comprensiva, abierta, para no dejarnos nada.

Y toda esta introducción viene a cuento porque he encontrado un ejemplo de este último tipo: “Este no es un poema feminista” de Berta García Faet (Valencia, 1988), en el que nos da una lección de Historia y Arte. Este poema no se comenta: se lee, se disfruta y se aprende o se recuerda lo que ya nos han contado alguna vez. Ella ha publicado los poemarios La edad de merecer (La Bella Varsovia, 2011) Fresa y herida (Diputación de León, 2011), Introducción a todo (La Bella Varsovia, 2011), Night club para alumnas aplicadas (Vitruvio, 2009) y Manojo de abominaciones (Ayuntamiento de Avilés, 2008). Aquí podéis leer el texto completo y otros de sus poemas.  Os dejo con un fragmento:

ESTE NO ES UN POEMA FEMINISTA

[…]

Después, amigo mío, pasaron los dulces años del escarmiento
y, sin más retraso, nos concedieron el honor de tener alma
−si bien, como contrapartida, poseída por el diablo−:

mal-éramos labios rojísimos-redes-de-pecados-terribles,
inútiles, arpías, lloricas, caprichosas
(unas fueron esposas y otras cortesanas: así, así
se dividió el mundo de las pobres vaginas):

si tú supieras, amigo mío:
un corsé con lazos diminutos
como garrapatas henchidas de bilis
nos aplastaba el pecho agrietado, y vivíamos
en balcones cerrados, detrás de abanicos
con estampas religiosas de vírgenes blancas.

Eran los tiempos del amor cortés,
de la concatenación de rosarios en la concatenación de días fútiles:
yo no podía besar al que quería, y si por caridad
conmigo misma
me saltaba
todas las conveniencias prácticas
y normas morales de la Ciudad de Dios
y él osaba entrar por el gran ventanal del carcelero,
él, o cualquier otro,
él, a mi cuerpo malva o blanquecino,
ni siquiera sabía encontrar mi boca.

Ni siquiera podía darme eso.

[…]

17b (1901)

Judith I, Gustav Klimt.

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