La mujer del artista en la literatura (3): Leocadia.

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El artista incomprendido

Leocadia: “soy culpable, aunque no sé quién lo es más. Mi pobre Francho, te he querido…sin entenderte. […] Tú vivías tras una muralla y, sin embargo, seguí a tu lado.”

En El sueño de la razón, Goya se muestra posesivo y domina a Leocadia que, pese a su fuerza, tiene que someterse a los dictados de su amante (“Todavía soy hombre para obligarte a gemir de placer o de miedo”). El diálogo entre ellos está marcado siempre por la discusión que hace florecer sus verdaderos sentimientos, sus temores y sus celos. El conflicto nace de las sospechas que alberga el pintor acerca de la relación de Leocadia con el sargento de los voluntarios realistas. Goya insulta a Leocadia: ramera, condenada bruja. Incluso ella misma llega a afirmar “no soy más que una mujer ignorante”. En otro de los casos, debido a la sordera (utlizada como elemento teatral), él interpreta las palabras que cree que Leocadia está diciendo porque no la puede oír. Un ejemplo más de la incomprensión entre ambos que nos lleva de nuevo a la idea del artista incomprendido y el papel femenino de la mujer del artista, marginada y, en este caso, también una víctima de la brutalidad masculina.

La opinión de Leocadia sobre el arte de Goya se manifiesta también al inicio de la obra. A propósito de las Pinturas Negras, Leocadia atribuye este tipo de creaciones a un “viejo demente”, es decir, las considera fruto de la locura de Goya que tanto le preocupa. Si ya la propia Juana era consciente de no ser capaz de entender la obra de Velázquez, Leocadia también llega a lamentar esa ignorancia. En este caso la incomprensión es total porque la relación entre ellos está marcada por las constantes discusiones. El mismo hecho se reproducirá en el caso de Larra y sus mujeres, lo que viene a indicar que hombre y mujer están en dos mundos opuestos destinados a no poder entenderse.

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Judith, Francisco de Goya

El mito de Judith

Su identificación mítica está presente en varios momentos de la obra cuando se la compara con el cuadro titulado “Judith” y, al final de la obra, será ella misma la que hable con si fuera Judith.

“Leocadia: ¿No crees a tu Judith? ¿A tu Judas?…Acabaré contigo. Judith tomará el cuchillo mientras maúllan los gatos y el murciélago revolotea y se bebe tu sangre y Judas te besa y Judith te besa y te hunde la hoja y grita que la quisiste estrangular y que tuvo que defenderse. Teme a Judith, teme al rey, el rey es el patíbulo y Judith es el infierno”. Este parlamento es fruto de la alucinación de Goya que identifica a Leocadia con Judith porque teme su traición. Las obsesiones de Goya se proyectan en estas palabras de Leocadia: “Tántalo ya nunca me tendrás […] te degollaremos en la tiniebla y ésta será la casa del cartelón del crimen”.

A la hora de analizar al personaje atendiendo a los mitos femeninos, el caso es bien evidente con la constante identificación de Leocadia con Judith. Judith, al igual que Salomé, era el icono misógino por excelencia de la cultura finisecular y constituye el elemento decapitador: la mujer que pretende destruir la inteligencia del hombre. Judith actúa por mandato divino contra el opresor y enemigo Holofernes, sin embargo, no recibe ninguna interpretación positiva ni alabanza ya que representa valores exclusivamente masculinos como profetismo, carisma, victoria en el duelo, heroísmo. Es una mujer que no actúa según lo que se entiende como adecuado a su sexo. Según Otto Weininger “La mujer debía ser el lugar de la reproducción física, de la humanidad, mientras el hombre era el lugar del cerebro, de la capacidad humana para el entendimiento espiritual. Por eso, cuanto más masculino se hiciese el hombre, más espiritual sería, mientras que cuanto más femenina se volviese la mujer más materialista y descerebrada habría de ser.” La concepción más generalizada en el discurso misógino sentencia que la mujer era un ser intuitivo que no necesitaba alcanzar una comprensión intelectual ya que para ello debía ser guiada por el hombre. Por desgracia, son infinitos los ejemplos de personajes femeninos que responden a este cliché reduccionista e insultante. Pero, hay luz al final del túnel. Estamos rodeadas de personajes femeninos fuertes e independientes, en los que vemos reflejadas nuestras preocupaciones reales, que actúan, piensa y crean. Por eso, tras el último capítulo de esta serie, aparecerán en el blog mujeres alejadas del rol impuesto.

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Leocadia Zorrilla pintada por Goya.

[Si acabas de llegar, no te pierdas las dos primera entradas: Introducción y primer capítulo de “La mujer del artista en la literatura”.]

Bibliografía:

-Bram Dijkstra, Ídolos de perversidad. La imagen de la mujer en la cultura de fin de siglo [1986], Madrid-Barcelona, Debate-Círculo de Lectores, 1994.

-Mayer, Hans, Historia maldita de la literatura. La mujer, el homosexual y el judío, Madrid [1975], Taurus, 1977.

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3 comentarios en “La mujer del artista en la literatura (3): Leocadia.

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