Emilia Pardo Bazán: relatos a la luz de la luna

Llamamos inverosímil a lo inusitado, pero no hay acaecimiento extraño, monstruoso, espeluznante que no conozcamos por la realidad.


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Octubre se va apagando y eso significa que se acerca la noche más oscura y lúgubre del año. Para dejarme llevar por esta atmósfera inquietante, me he inventado una tradición nueva: leer un relato de Emilia Pardo Bazán cada noche, desde el martes 24, hasta Halloween. Una semana en compañía de esta escritora y de sus cuentos de misterio y fantasía, para disfrutar de su escritura y también de estas leyendas sobre la muerte y la magia. He seleccionado 8 cuentos para leer antes de ir a dormir, pero no os preocupéis, por lo que sé su humor rebaja la tensión y no habrá problema en conciliar el sueño. O eso espero. De los que he leído hasta ahora, mi favorito es La resucitada por eso lo dejaré para la última noche.

Este es el plan:

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Ilustración de Felicien Rops para Las Diabólicas (D’Aurevilly)

Martes 24: El talismán.

Miércoles 25: El conjuro.

Jueves 26: La calavera.

Viernes 27: La emparedada.

Sábado 28: Eximente.

Domingo 29: El té de las convalecientes.

Lunes 30: El antepasado.

Martes 31: La resucitada.

*Si pincháis en el cuento os llevará directamente al texto. Todos los cuentos se encuentran fácilmente en Ciudad Seva o Cervantes Virtual.

 

Sed libres de iniciar esta tradición o leer los cuentos sueltos que os apetezcan. No digo nada sobre la trama de los relatos; así os podréis dejar sorprender por lo que esconden sus títulos.

Además, he elegido una lectura extra de otra escritora del siglo XIX (es un siglo que es una delicia en esta época del año): La mujer fría de Carmen de Burgos “Colombine” que promete altas dosis de decandentismo y femme fatale. La verdad es que mi TBR de lecturas misteriosas y terroríficas incluye otros títulos a los que espero hacer pronto un hueco:

 

¿Ya tenéis elegidas vuestras lecturas para Halloween?

PD. Me gustaría repetir esta improvisada tradición en marzo, la semana previa al Día de la Mujer, leyendo otros ocho relatos, esta vez de tema feminista. Eso sí, publicaré la lista de relatos con más antelación :).


¿No pensáis vosotros en el destino de las almas después que surgen de su barro, como la chispa eléctrica del carbón? ¿De veras no pensáis nunca, lo que se dice nunca? ¿Creéis tan a pies juntillas, como Espronceda, en la paz del sepulcro?

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Trece cuentos, Luisa Carnés

Embarcaron al filo de una noche negra. Ni una estrella iluminó la triste despedida. La oscuridad era completa. Las voces opacas, como ahogadas prematuramente. Las aguas se antojaban más duras que otras veces, y la nave parecía resbalar sobre ellas con dificultad. Sin luna, sin farol y sin la espada hermana del faro a los lejos, el barco y su carga eran una sombra sobre un esquivo lomo de mar.

(Sin brújula)


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Luisa Carnés no se limita a escribir. Ella se mancha las manos de tinta y con ellas te toca, impregnándote a ti también con su historia. Escribiendo, Carnés parece esquivar el destino silencioso de las mujeres, encarceladas, reprimidas, subestimadas o a la deriva, pero que nunca se rinden.

Ante todo, ella es inspiración. A pesar de trabajar diez horas al día, no dejó de escribir. Aunque asfixiaran los problemas económicos, siguió publicando. Ni siquiera, tras huir de una guerra con su único hijo, renunció a la escritura. Escribió contra guerra y marea, no solo para dejar una metáfora bonita sino para dar voz a las silenciadas. Como quien cura una herida, ella compartió su historia. Y es que ¿cuánto tienes que amar la literatura para llevarte al exilio tus relatos en una cartera? Cuando los cuentos son lo más valioso entiendes lo que significa escribir para Luisa Carnés.

En estos Trece cuentos hay una denuncia firme frente a las injusticias, como el trabajo precario en “[Olivos]” o  ese grito de las madres por la paz en “Momentos de la madre sembradora” o “Sin brújula”. La autora madrileña continúa aquí tejiendo el mapa de las mujeres, desde la sumisión (“Una mujer fea”) a la fragilidad de una joven mexicana ante la violencia de una sociedad machista (“La mulata”).

Y Carnés nos tiene reservada una punzada aún mayor en su retrato de la cárcel. No recuerdo haber leído libros con personajes encarcelados y mucho menos durante la Guerra Civil. Mi abuela murió siendo demasiado joven ella, demasiado niña yo, como para que pudiera contarme cómo se vivió la guerra en nuestro pueblo. Por eso, me aferro a estos relatos que me descubren esa parte de nuestra genealogía.

Me encontré en la calle después de nueve años de cárcel. Suspendido del brazo llevaba un hatillo de ropa, y en la mano derecha un pañuelo, a una de cuyas puntas había atado seis pesetas.

¿Qué puede esperar una mujer al salir de la cárcel? Sin casa, sin familia, ni trabajo. ¿Quién contrata a una mujer con esta mancha? Sola, deambula por una ciudad que finge no reconocerla, mientras alguien sigue sus pasos. La vida dentro de la cárcel no era mucho mejor. “La chivata” nos deja clara la supervivencia más primitiva y esa revolución que ninguna prisión es capaz de callar.

No se sabía quién era, pero se la sentía en todas partes. Se la sentía como algo impalpable, pegajoso y frío, algo que enmudecía el labio y hacía cerrar las manos debajo de los delantales y en los bolsillos de las batas. Era algo contra lo que había que luchar. Porque, ¿cómo se defiende la gente de una sombra? Y eso era la chivata

Más sorprendidas nos quedamos al comprobar que sus relatos no se limitan a España sino que, durante su exilio en México, su visión literaria se amplia. Y es que pocos temas escapan a la mirada honesta de la escritora. El fenómeno fan de unas jóvenes que esperan un concierto de Elvis en “Aquelarre”. Este es un relato tremendamente original y perturbador cuya crítica todavía está de actualidad. También el racismo, en “El señor y la señora Smith”, uno de los relatos más tiernos y a la vez más desgarradores. Un matrimonio interracial que permanece en secreto bajo la amenaza del Ku Klux Klan. Para mí, es uno de los imprescindibles de este libro.

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Pero no olvidemos que las madres también hacen la historia.

Una madre se tendió sobre los rieles sobre los que había de pasar un tren de soldados. Lo hizo en nombre de todas las madres, del mío, del vuestro. […] El mundo es hoy tan pequeño que el llanto de una madre española es enjugado por la sonrisa de una madre china. […] Toca a las madres hacer el porvenir.

Somos sembradoras de vida.

Seamos también sembradoras del nuevo día que amanece.

 

Luisa Carnés pone ante nuestros ojos los grandes problemas de su tiempo y del nuestro. Nos regala la empatía que solo una literatura comprometida como la suya puede conseguir. Además, es una contadora de historias talentosa, versátil, valiente…, tan valiosa que, a cada cuento, nos cautiva un poco más. [Adoro, ADORO sus descripciones]. Ojalá la sigan reeditando; y es que no me aguanto desde que sé que Natacha promete un escenario, de nuevo, con mujeres trabajadoras.

 

¿Que levante la mano quién haya caído en las redes de Carnés?


Las aguas se tiñeron más tarde de púrpura, brillaron como resucitadas.

#LeoAutorasOct 2017: descubriendo escritoras

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Otro año más, esta genial iniciativa que nació en Twitter para leer y recomendar escritoras vuelve con página web y seguro que muchas más colaboraciones. Además, octubre también es el mes de celebración del Día de las Escritoras (16 de octubre), por lo que para esta casa es como una especie de navidad, cumpleaños y todas las grandes fiestas juntas porque todo el mundo habla sobre autoras y se reivindica su literatura, siempre considerada secundaria.

El año pasado elegí leer dos novedades, y mis lecturas fueron Solterona, que se convirtió en mi libro del año (aquí os explicaba por qué), y Las chicas, la gran decepción del año (aquí os lo contaba).  Este año he decidido irme lejos, hasta Japón, país que tengo un poco olvidado. Allá por 2012 comenzaba mi idilio con la literatura nipona a través de Murakami y luego ya con Banana Yoshimoto y Yoko Ogawa. Creo que desde 2014 no he vuelto a leer a escritoras japonesas y necesito volver a ellas de nuevo. Para octubre mis lecturas responden a dos épocas muy distintas para que la experiencia sea más completa.

Por un lado, Cerezos en la oscuridad, una colección de relatos obra de la iniciadora de la novela moderna japonesa, Ichiyo Iguchi. Por otro, Ella en la otra orilla, en la que Matsume Kakata recrea una historia sobre el papel de las mujeres en la sociedad japonesa actual. Además, esta elección también me aparta de las grandes editoriales y me da la oportunidad de explorar otros sellos que nunca había probado: Satori y Galaxia Gutemberg.

· RECOMENDACIONES ·

Completo mi participación en #LeoAutorasOct con 4 recomendaciones muy especiales. Le he dado muchas vueltas porque he probado muchas escritoras nuevas que me parecen brillantes, pero quería darle un enfoque más concreto, sin dispersarme mucho. Si echáis un vistazo a mis lecturas recientes, no os extrañará que me haya decidido por las colecciones de relatos. Sí, me he vuelto un poco loca con los cuentos últimamente. Desde siempre ha sido mi género favorito y en estos meses he ido descubriendo autoras tan geniales y diferentes entre sí que quiero compartirlas con vosotrxs. Entre ellas, os recomiendo:

Mala letra, Sara Mesa. Lo mío con Sara Mesa era la crónica de un amor anunciado porque su estilo literario encaja perfectamente con mi gusto lector. Mala letra es una colección de relatos sobre la culpa, contado desde perspectivas muy distintas que demuestran la mirada crítica de esta escritora. Es increíble cómo dejando el lenguaje al mínimo consigue comunicar tanto. Y es que, en su escritura es muy importante lo que no nos cuenta, los huecos que deja en la historia y cómo la reescribimos al leerla.

El libro negro de los cuentos, A.S. Byatt. Sus historias tratan precisamente sobre el arte de contar, su importancia cuando somos pequeños o cuando queremos escapar o cuando parece que nada puede sorprendernos. La leyenda de la mujer que se convierte en piedra se ha convertido en mi relato preferido, por su belleza y calidad narrativa. En ella se funde la muerte y la mitología islandesa para describir la metamorfosis de una mujer, con tal minuciosidad que parece que la tengamos ante nuestros ojos.

Trece cuentos, Luisa Carnés. Esta autora ya fue un flechazo total con Tea-Rooms y con esta colección de relatos se confirma, no solo que es la mejor narradora de su generación, sino como un testimonio fundamental para rellenar los vacíos de nuestra historia durante la República, la Guerra Civil y el posterior exilio. Con Luisa Carnés no hay un tema tabú y las mujeres, sin importar su clase social, tienen voz propia.

La sonámbula y más relatos inquietantes, M. L. Kaschnitz. La escritora alemana nos envuelve a través de detalles cotidianos y encuentros perturbadores que, en vez de confundirnos, nos aferran a la historia, con el trasfondo de la guerra. Es una de las escritoras más aclamadas en Alemania aunque menos conocida en nuestro país. Sin duda, no hay que perderse a esta autora que domina magistralmente los tiempos y estructuras de la ficción corta.

Y no termina aquí. En Twitter (@TheWrittenGirl) dedicaré el mes a compartir escritoras españolas, clásicas y modernas ^^.

¿Cuáles son vuestros planes para este #LeoAutorasOct? ¿Vais a arriesgar con vuestras elecciones o a disfrutar con vuestras escritoras favoritas? ¡Feliz octubre!

 

Siempre hemos vivido en el castillo, Shirley Jackson

Me llamo Mary Katherine Blackwood. Tengo dieciocho años y vivo con mi hermana Constance. A menudo pienso que con un poco de suerte podría haber sido una mujer lobo, porque mis dedos medio y anular son igual de largos, pero he tenido que contentarme con lo que soy. No me gusta lavarme, ni los perros, ni el ruido. Me gusta mi hermana Constance, y Ricardo Plantagenet, y la Amatita phalloides, la oronja mortal. El resto de mi familia ha muerto.


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Siempre hemos vivido en el castillo, Shirley Jackson. Ed. Minúscula, 2017. Trad. Paula Kuffer.

Este verano está siendo el verano de las emociones, de los libros que trascienden la página para provocarnos. En junio comencé Trece cuentos de Luisa Carnés y con ella la triple punzada de la guerra, la cárcel y el exilio. Sus cuentos dejan vacío; te destrozan porque sabes que no hay ese salto con red que es la ficción: esta es la realidad. La ola de calor me pilló leyendo El frío, de Marta Sanz, su fría prosa que se te cala hasta los huesos; sus frases que se clavan en el corazón para destruir eso que llamamos el amor romántico. La atmósfera de ensoñación propia de esta época la recuperé con Fleur Jaeggy y Los hermosos años del castigo (reseñado aquí). Tras ella fui cayendo en la oscuridad hasta llegar a Shirley Jackson.

Siempre hemos vivido en el castillo retuerce tus nervios, tensa la acción para que ni siquiera te relajes cuando parece que nada pasa, que todo está en calma. Calma que tú sabes -vaya si lo sabes- es preludio de algo que ni imaginas. Este es un cuento de hadas malévolo no solo por lo que hacen o sufren los personajes sino por lo que la autora nos hace a nosotros. Esa experiencia nos llevará a recorrer las estancias de la casa, la casa Blackwood. Permitidme que os la presente.

Estás delante de la casa, plantada. Si pudieras verte como te ve Merricat, huirías de allí sin pensarlo, dejando tus huellas en un camino que solo puede pisar ella. La casa Blackwood es su fortaleza, una ruina que a duras penas conserva el esplendor que algún día tuvo, cuando allí vivía una familia completa. Si descorrieran los pestillos y te invitara a entrar, mirarías con recelo cada esquina porque nadie puede olvidar que allí ocurrió una tragedia.

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La cocina

Allí solo quedan las hermanas Blackwood, Constance y Mary Katherine, y su tío Julián, inválido. Connie está en la cocina preparando pan de jengibre y ningún rincón de la casa puede escapar a su aroma. Los botes de conservas, los de mermelada…todo reluce en aquella sala luminosa. Constance prepara las comidas, pero nunca sale de casa, ni va a comprar; solo cultiva su jardín, ¿algunas plantas serán venenosas? Sabemos que al final la absolvieron. Sin embargo, sigue encerrada.

El comedor

La tragedia ocurrió aquí. Por eso rechazas sentarte esperando que la visita sea rápida. Ellas saben que estás incómoda y les divierte. Por eso, te acercan la taza de té ¿con azúcar? Apenas tocas la taza y la dejas en la mesa. Todas sabemos que no te la vas a beber porque tienes miedo. Jonas, el gato de Merricat, merodea por la sala, buscando a su dueña.

El jardín

Mientras, Merricat da paseos por el jardín y se siente segura porque nadie puede traspasar sus límites. En su territorio. Y no hay nada más valioso para ella que sus refugios, sus escondites. Su objetivo es preservar la casa de todo contacto con el exterior, con los otros. Bienvenidos al tratado de la claustrofobia. Le molestan las visitas y no sabemos hasta qué punto será capaz de impedirlas. Podría contar las veces que revisa los candados para asegurar la puerta, pero entonces caería en su obsesiva trampa (creo que ya me ha atrapado).

El pueblo

El rimo del relato lo marca el contacto con los otros. Solo se nos cuenta una visita al pueblo, al odioso pueblo con sus odiosos vecinos, inquisitivos, burlones, asustadizos, que no soportan lo que queda de la familia Blackwood; y Merricat es un hervidero de odio hacia ellos. Volverá la calma en las escenas en las que la familia convive ajena al mundo, dentro de su rutina. La visita de Helen Clark o la del primo Charles nos llevarán de nuevo a momentos de tensión hasta que alcancemos el clímax de la novela. Tal es el suspense que paso de puntillas por la trama para dejarla intacta.

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Shirley Jackson (San Francisco, 1916- Vermont, 1965)

El ritmo y sus perturbadores personajes hacen de Siempre hemos vivido en el castillo una obra atípica y difícil de olvidar. Para ello, la autora utiliza recursos propios de las leyendas y los cuentos tradiciones para dar forma a una oscura narración. Los personajes se mueven en el terreno de lo inestable, puedes ver las grietas y eres consciente en todo momento de que aquello va a quebrar por algún lado. Así, Jackson demuestra que es una maestra en esto de sostener la tensión hasta hacerla insoportable para luego conseguir que todo explote ante tus ojos.

No has probado el té y ya tenéis que iros (lo estáis deseando). ¡Oh, Merricat! Esta ha sido la última visita.


Mi experiencia lectora de este verano continuó en la oscuridad de los relatos de Marie Luise Kaschnitz en La sonámbula y más relatos inquietantes, una maravilla literaria; más tarde me dejé atrapar por la absorbente historia de Viento del norte, novela con la que Elena Quiroga ganó el Premio Nadal en 1950. Habrá reseña, pero por ahora, veremos qué otros libros me trae septiembre; en el aire resuenan nombres como Mariana Enríquez o Flannery O’Connor (y repetir siempre con Luisa Carnés y Marta Sanz).

Los hermosos años del castigo, Fleur Jaeggy

improvvisamente, germogli di verde, verdeazzurro
come acqua
sopra quanto è distrutto
sopra quando è distrutto lo splendore –

Laura Pugno.


Hay como una exaltación, leve pero constante, en los años del castigo, en los hermosos años del castigo.

Vuelvo del Appenzell como quien despierta de un sueño largo y pesado. A destiempo. Y es que todo lo que aquí se cuenta está envuelto en un aura de ensoñación de la que es difícil desprenderse. Los hermosos años del castigo (Milán, 1989) comienza con una anécdota literaria y maldita que nos arrastra hasta este internado, situado en un remoto cantón suizo. Leer estas primeras líneas supone caer en el hechizo de Fleur Jaeggy, sin remedio, y dejarse llevar por su prosa oscura y elegante, bajo una aparente sobriedad que solo oculta una pasión reprimida.

Los hermosos años del castigoEsta novela corta cuenta la historia de una muchacha (trasunto de la autora) que rememora sus años de niñez y adolescencia siendo estudiante, en diferentes internados. En concreto, a sus 15 años, su estancia en el Bausler Institut marcará profundamente su recuerdo, no por lo excepcional de su educación, sino por una persona, una compañera llamada Frederique. Estamos ante el relato de la fascinación de la protagonista por otra joven, misteriosa e inalcanzable, sobre las que la autora construye una metáfora de la adolescencia.

La novela está compuesta por escenas de tremenda belleza, dando como resultado una joya literaria, una verdadera obra de arte. Las descripciones del paisaje, la decoración y, sobre todo, la figura de Frederique suponen una sucesión de cuadros. Todo ello da la impresión de que el ritmo se ha detenido, ajeno al mundo, en aquella isla. La reclusión a la que obliga el internado lo convierte en el escenario perfecto para transmitir la intensidad de las emociones que experimenta nuestra narradora. Poco espacio queda para la espontaneidad o la rebeldía, que apenas se añora; cada una de ellas lleva con naturalidad su condición de interna y también de privilegiadas, hijas de grandes familias europeas.

Noté en su mirada una veladura plúmbea y opaca, algo malvado en sus ojos, que a veces me parecían de color índigo, pero que solo eran musgo y pantano.

Los ingredientes que la convierten en una novela tan inolvidable beben también de la estética decadentista que se desarrolló a finales del siglo XIX. Por eso no es de extrañar que nos recuerde a Muerte en Venecia de Thomas Mann o a Brujas, la muerta de Georges Rodenbach. De hecho, en la primera página ya se nombra a Baudelaire, por lo que la inspiración de los poetas malditos no parece casual. El momento en el que me di cuenta de que estaba ante una representación decadentista fue al leer esta frase:

Pensaba en ella como en una medialuna, en un cielo de Oriente. Mientras duermen, les corta la cabeza

¿Luna? ¿Cortar cabezas? ¡Es Salomé! Fleur Jaeggy hace un guiño al mito de Salomé, llevado al teatro por Oscar Wilde, texto en el que se asocia a Salomé con la luna. Por un lado, la Diosa de la Luna era representada como una mujer destructora, atributo compartido con Salomé, la decapitadora. Por otro, el decadentismo, brutalmente misógino, asocia la mujer a la luna porque ambas reproducen un reflejo, lo que apoya su tesis de que las mujeres no son creadoras sino que solo sirven para copiar (por eso son buenas actrices). Ejem.

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Fleur Jaeggy (Zurich, 1940)

Luego, se fueron revelando el resto de referencias decadentistas:

  • El tópico de la ciudad muerta como expresión del ánimo del personaje. La propia narradora hace continuas alusiones a la vejez (de sus manos) a las ruinas o a la muerte. Lo mismo ocurría en Venecia (la peste) o en Brujas (ciudad vacía).

Una doble imagen, anatómica y antigua. En una, corre y ríe, y en la otra yace en una cama, cubierta por un sudario de encaje. Su misma piel lo ha bordado.

  • Hiperestética: el decadentismo surge como oposición al materialismo naturalista. De ahí la exaltación de la belleza, el arte como estilo de vida. Esto pide un lenguaje ágil pero pausado que recuerda a la poesía. Las novelas pasan a ser estudios estéticos y de emociones. Así ocurrirá con Los hermosos años del castigo, al igual que en su tiempo con Del revés de Huyssmans o La Quimera de Emilia Pardo Bazán (sí, Doña Emilia también se dejó cautivar por la tendencia decadentista).
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Muerte en Venecia, Visconti. Un cuadro en movimento.

Me parecía que su expoliación era un ejercicio espirtual, estético. Solo un esteta puede renunciar a todo.

  • La idealización de la mujer como un ser espiritual con el que no hay contacto físico. Frederique es esa idealización con un toque trágico; juntas comparten paseos, reflexiones precisamente sobre la estética, siempre contenidas, sin expresar sus sentimientos.

Desde lejos veo a Frederique, no tocada por la felicidad de las chicas y por la alegría. Frederique tiene la vista baja sobre un libro.

Esta inspiración no resta un ápice de originalidad al texto de Jaeggy, al contrario, pues la escritora recrea una emoción y un lugar con un lenguaje tan elegante y evocador que la convierte en una novela única. Además, si en los decadentistas sus planteamientos rozaban límites enfermizos, aquí en cambio todo fluye de manera más natural, sin tantas imposturas. Cada escena es un conjuro que invoca la belleza.

Y no desvelo más. Disfrutad sus 117 páginas hermosas. En otoño volveré a buscar más libros de Fleur Jaeggy.

 


Nunca hablamos de la guerra ni de la destrucción de su ciudad, luego resurgida. La pequeña bailarina nocturna había crecido, pues, sobre las ruinas.

Mis lecturas del “Adopta” (Ginzburg, Némirovsky, Byatt y Atwood)

A lo largo de estos meses de vida del proyecto Adopta una autora, he ido descubriendo nuevas autoras, pero al mismo tiempo también se encendía, de vez en cuando, una señal de atención ante escritoras que he ido posponiendo desde hace años, animándome a que les diera por fin una oportunidad. Aquí están recopiladas las lecturas elegidas y mi opinión sobre ellas. Ya os adelanto que todas han sido geniales lecturas y no han hecho más que confirmar lo que ya sospechaba: estamos rodeadas de escritoras fantásticas, invisibilizadas sí, pero ya nunca más olvidadas. ¿Quién más se ha animado a elegir lecturas guiándose por Adopta? Si no sabéis que leer este verano siempre podéis dar una vuelta por su web.

 

Y esto fue lo que pasó, Natalia Ginzburg o la eterna pendiente. Y os podéis preguntar, ¿cómo una lectora insaciable de Carmen Martín Gaite pudo obviar las referencias a la Ginzburg? Sí. Hace años atravesé una fase Martín Gaite lo que significa que me leía todo lo que hubiera escrito (os recomiendo Entre visillos y Usos amorosos de la posguerra española) y esta escritora menciona a Gizburg en sus obras y yo lo veía y seguía dejándola en “pendientes” (¡MAAAL!). Después de leer las entradas de Raquel decidí que ya estaba bien, era el momento de leerla. Me he estrenado con su segunda novela, un texto confesional, breve y sin embargo suficiente para dar prueba de lo excelente narradora que es. Te envuelve entre la cotidianidad y la profunda reflexión psicológica con la que retrata a cada personaje y va directa al fondo de las frustraciones, construyendo un relato melancólico donde los sentimientos estallan (desde el inicio). Recordatorio: repetir pronto la experiencia con Naty siguiendo las sugerencias de El momento de Raquel.

*

El baile, Irène Nemirovsky. De nuevo otra obra primeriza y juro que no fue intencionado: la casualidad me fue llevando a cada libro. Encontré esta pequeña novela en una librería de segunda mano, con el radar de autoras siempre encendido. Hace un año ni siquiera hubiera reparado en ella, pero entonces ya tenía en mente las entradas de Pilar, esa fascinante biografía que recoge en su blog de esta escritora discreta. Bajo esa apariencia se esconde una narración incisiva y directa, con mucha fuerza. El hecho de que sea una novela corta es el medio perfecto para condensar la tensión de la familia protagonista. Unos personajes insufribles, llenos de complejos y guiados de manera egoísta hacia un baile nada convencional. Su retrato da en los puntos clave de tal forma que acabaremos poniéndonos en la piel de cada uno. Aquí os dejo el enlace a la reseña completa en el blog de Pilar.

 

El libro negro de los cuentos, A. S. Byatt. Esto va a ser difícil de explicar. Mientras leía “Una mujer de piedra” iba sintiendo un poco de ansiedad, me abrumaba de tal manera que tenía que parar de leer y así un solo relato me duró varios días. En cada lectura sufría un pequeño stendhalazo ante la belleza de lo que me estaban describiendo. El cuento trata sobre la transformación física de una mujer en piedra, una metamorfosis que arraiga en la mitología islandesa. Nos explica cada leve cambio con tal minuciosidad, reparando en la textura o el color con tal precisión que sentimos cada descripción como si la estuviéramos viviendo ante nuestros ojos. Nunca había leído nada parecido, con esa calidad en el lenguaje y tan palpable. Y eso solo con uno de los relatos, que ya se ha convertido en mi preferido. El resto de la colección es redonda. Los relatos están conectados por la muerte y la literatura, el maravilloso y misterioso arte de contar, de crear mundos con las palabras como hace la propia Byatt (o Antonia, como me gusta llamarla, porque ya es parte de esta casa). Y no sé si acabaré haciendo un comentario más extenso por que cada uno de ellos tiene muchísima miga (reflexión en voz alta). Para dejaros fascinar por esta mujer, podéis echar un vistazo a la biografía realizada por El bosque de Marbaden.

*

La mujer comestible, Margaret Atwood. ¿Quién no ha deseado salir corriendo (literal) ante una situación incómoda? Y hemos reprimido el impulso. Marian, no. Ella huye de todas las formas posibles, con su mente y con su cuerpo. Ese cuerpo que revela la ansiedad de una joven que se siente atrapada. Pero, ¿qué podía esperar una chica en esa época? Buscar un trabajo anodino y provisional hasta que llegara ÉL, se casaran y todo se arreglara. ¿Y si el matrimonio tampoco soluciona nada? Margaret Atwood reflexiona sobre la situación de las mujeres en los 70, antes de la explosión de los feminismos, a través de metáforas y esa fina ironía que tantas alegrías nos da. Marian experimentará una transformación a lo largo de todo el libro: dejará de comer carne y otros alimentos, se dejará llevar por Duncan, un joven narcisista; y todo narrado con una precisión que nos hace sentir asco como ella, incluso masticar con ella. Se nota que Margaret es hija de una entomólogo y una nutricionista: en esta obra fusiona las dos disciplinas. Es una narración que va desde el estómago a la mente tan increíble que decidí volver a releerla este año cuando ha sido adoptada por @Eibi82 en Ajuste de Letras, ¡y no podía tener mejor representante! Si seguís sus entradas, ¿acaso alguien puede resistirse a no probar una y otra vez la droga atwoodiana?

Por eso, no dudéis ni un minuto en comenzar a leer autoras adoptadas o cualquier escritora que os llame la atención porque no quiero que os perdáis la satisfacción lectora que producen. Solo así podremos cambiar la situación literaria actual, dominada por los hombres (atrincherados en sus cómodos sillones del canon), mientras las mujeres trabajan incansables, con todo en contra, por ofrecernos unos textos maravillosos que a menudo quedan olvidados.

 

Las fichas de mis autoras adoptadas: Emilia Pardo Bazán y Zadie Smith.

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Life vía Women Reading

Los hombres me explican cosas, Rebecca Solnit

La violencia doméstica, el mansplaining, la cultura de la violación y el derecho sexual están entre las herramientas lingüísticas que redefinen el mundo con el que muchas mujeres se encuentran cotidianamente y abren el camino para comenzar a cambiarlo.


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Traducción de Paula Martín · Capitán Swing, 2016.

[*En esta entrada confluyen mis impresiones después de leer el libro de Rebecca Solnit, su mensaje y cómo este dialoga con diversos fragmentos de las reflexiones de la socióloga y feminista Charlotte Perkins Gilman, nacida en 1860]

El mansplaining es la punta del iceberg. Es el primer paso para silenciar a las mujeres, para minar su confiaza. Y así aislarlas hasta que desaparezcan sus voces. Un desprecio hacia la opinión de las mujeres que ya vienen denunciando escritoras a lo largo de los siglos. Por eso Rebecca Solnit nos explica su Virginia Woolf o relee a Susan Sontag. Por eso es importante escuchar a las que nos precedieron.

When women suggest that it could be done differently, their proposal is waved aside -they are “only women” -their ideas are “womanish”. [En The Man-Made World]

Lo que nos cuenta Solnit no nos es ajeno ya que estamos acostumbradas a que la opinión masculina sea siempre la de los expertos, la que hay que escuchar y respetar; la voz canónica y profesional, ¿incuestionable?. Por supuesto que la tenemos que cuestionar pero es bien difícil hacerlo cuando te han ridiculizado o amenazado por defender tus ideas; cuando han eliminado toda influencia femenina en la historia, dejándote desarmada.

Fiction, under our androcentric culture, has not given any true picture of woman’s life, very little of human life, and a disproportioned section of man’s life. [En The Man-Made World]

Primero fue Casandra, la representación perfecta de cómo destruir la credibilidad de las mujeres. “Las mujeres son mentirosas por naturaleza.” Ahora repítelo una y otra vez hasta que se convierta en la norma. Luego está esa manía de tergiversar las palabras de las mujeres; no aceptar el no. El no que es porque nuestra opinión no cuenta. Sabemos que esto no nace de un día para otro. La educación y aleccionamiento al que nos someten ha surtido su fruto durante demasiados siglos, no grites, cierra las piernas, busca siempre la aprobación masculina. Deja que crezca esa costra monstruosa de inseguridad alrededor de tu libertad.

This ultra lilltleness and ultra femaleness has been demanded and produced by our Androcentric Culture. [En The Man-Made World]

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“Telaraña”, Ana Teresa Fernández. Cuadro al que Solnit hace referencia en su artículo “Abuela araña”.

We have a world wherein men, industrially, live in the twentieth century; and women, industrially, live in the first -and back of it. [En The Man-Made World] 

Después llega la invisibilización física: el velo, relegarnos al espacio del hogar. Allí donde nadie nos ve, ni nos escucha. Y que no se te ocurra quejarte o defender tus derechos. Serás una histérica. Maldita palabra que ya en su significado no puede ser más machista. Silenciar también se consigue aislando. Una mujer sin referencias, sin árbol genealógico femenino está sola. De ahí que se elimine la influencia de las mujeres artistas. Si todo esto no sirve y ellas acaban descubriendo su genealogía, y junto a otras defienden sus derechos en las redes sociales, llegarán las críticas y las amenazas que solo son otra manera de decir CÁLLATE.

Harriet Martieau must conceal her writing under her sewing when callers came, because “to sew” was a feminine verb, and “to write” a masculine one. Mary Someville must struggle to hide her work from even relatives, because mathematics was a “masculine” pursuit. [En Women and Economics]

El mansplaining es el resultado de una  educación que da el poder a los hombres y el descrédito a las mujeres, relegadas a un plano secundario. Pero solo es el principio. Las agresiones hacia las mujeres buscan su silencio y sumisión. Una mujer que tiene miedo a salir por la noche o a viajar sola es vulnerable. Vulnerable, vulnerable y vulnerada hasta llegar a la forma más extrema de anulación: el asesinato.

A woman, a spaniel, and a walnut-tree –the more you beat ‘em, the better they be. [Handbook of Proverbs of All Nations, en Women and Economics]

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Rebecca Solnit (San Francisco, 1961) · Elle

Los hombres me explican cosas es una colección de ensayos sobre todas las maneras que existen de invisibilizar y anular a las mujeres en nuestra sociedad; Solnit se apoya en ejemplos mitológicos e históricos, en anécdotas de su vida personal y en terribles sucesos recientes para denunciar esta condena del silencio, degradante y violenta. Sin embargo, frente a los continuos obstáculos que nos limitan, permanece la esperanza. La esperanza de la lucha y la revolución que es el feminismo. Por eso, entre novelas con historias apasionantes, resulta muy estimulante introducir ensayos feministas de este tipo que nos recuerdan las lagunas de nuestro conocimiento y nos dan las armas necesarias para cambiar nuestro futuro y defender nuestra libertad.


“Sus demandas de liberación de la mujer no eran únicamente el que pudiesen realizar parte de las tareas institucionales que hacían los hombres, sino el tener total libertad para vagabundear, geográfica e imaginariamente”, Virginia Woolf.

Emilia Pardo Bazán | Cómo ser mujer en el siglo XIX (3)

LOS PAZOS DE ULLOA Y EL MACHISMO

La verdad es que el archivo había producido en el alma de Julián la misma impresión que toda la casa: la de una ruina, ruina vasta y amenazadora, que representaba algo grande en lo pasado, pero en la actualidad se desmoronaba a toda prisa.


En su último viaje a París, Doña Emilia asiste, como es costumbre, a tertulias en las que coincide con escritores y aristócratas franceses y rusos. Es entonces cuando empieza su fascinación por la literatura rusa, por sus tramas monumentales, por sus personajes. Con todo eso en la cabeza vuelve a su tierra para retratar sobre el papel la realidad que mejor conoce: la sociedad gallega. Así nace Los pazos de Ulloa (1886), una de las novelas más importantes de nuestra literatura.

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#DoñaEmiliaRocks

Se la conoce como la novela naturalista por excelencia, pero las ideas preconcebidas están para romperlas, ¿no?. No solo hay naturalismo en Los pazos, sino que es una novela social con una reflexión psicológica profunda y una combinación de estilos innovadora. Y todavía puedo fangirlear más: es la novela que mejor ha envejecido de todas las escritas en el siglo XIX. Palacio Valdés dijo que “estas mujeres que se meten a hombres no logran pasar de los veinte años”, refiriéndose a la propia Emilia. Perdona, pero estas mujeres son inmortales y llegan incombustibles hasta hoy gracias a sus obras (otros escritores no pueden decir lo mismo, y no miro a nadie, Armando).

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El tema principal es la decadencia de la novela rural, tema que convive con otros como la política (caciquismo), la religión (siempre benevolente con el clero) y la situación de las mujeres. Emilia Pardo Bazán crea unos personajes que parecen saltar de las páginas, rodeados de descripciones tan vibrantes, llenas de matices, en continuo movimiento. Es una novela dinámica, con un ritmo que se va acelerando especialmente al llegar al final, mientras contenemos la respiración. La trama se va desarrollando ante tus ojos y no puedes más que dejarte atrapar por la absorbente naturaleza gallega.

Sí encontramos naturalismo en la observación minuciosa de la realidad y la contraposición de la civilización frente a lo primitivo y rural. También en las descripciones fisiológicas: el parto, amamantar, la fiereza de excesos como el alcohol. Sin embargo, ese realismo se distorsiona con la presencia de sueños y alucinaciones que reflejan los verdaderos temores de los protagonistas. La crudeza y la magia, la religión y los conjuros viven en los pazos de Ulloa, ese edificio que es ruina física y espiritual. Una ruina tétrica, donde la violencia prevalece.

Sintió [Nucha] también que le asían las manos otras manos despojadas de carne, consuntas, amojamadas y momias; comprendió que la guiaban hacia el estrado, y que le ofrecían uno de los sitiales; y apenas se hubo sentado en él, conoció con terror que el asiento se desvencijaba, se hundía; que se largaba cada pedazo de sitial por su lado sin crujidos ni resistencia; y con el instinto de la mujer encinta, se puso de pie, dejando que la última prenda de esplendor de los Limiosos se derrumbase en el suelo para siempre…

Vale, mucho estilo pero ¿de qué va todo esto? Pues comienza con la llegada de un joven cura, Julián, a la aldea donde se encuentran los Pazos, propiedad del marqués, Pedro Moscoso. Allí el verdadero poder lo ejerce Primitivo, con amenazas y violencia. En toda esa barbarie crece el pequeño Perucho, hijo bastardo del marqués y su criada Sabel, que a su vez es hija de Primitivo. Vemos que este es un círculo cerrado –ya leeremos hasta qué punto-. Pedro cree que ha llegado el momento de buscar esposa y junto a Julián viaja a casa de sus primas. Elige a Nucha, la de apariencia más frágil y pura porque su mujer debía ser “limpia como un espejo” (y él, tremendo salvaje; peligrosa combinación). Nucha experimentará un completo infierno en un lugar que le es tan hostil como podamos imaginar.

Mary Lee Breetz sentencia que “estamos ante el primer estudio del machismo en la literatura española”. Pues bien, en mi última relectura he querido centrarme en este aspecto. Conclusión: es increíble la cantidad de escenas y alusiones a la violencia sobre las mujeres.

Esta es la primera vez que se refiere al maltrato:

Sabel, tendida en el suelo, aullaba desesperadamente; don Pedro, loco de furor, la brumaba a culetazos; en una esquina, Perucho, con los puños metidos en los ojos sollozaba. […]¡Perra…, perra…., condenada…, a ver si nos das pronto de cenar, o te deshago!

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Victoria Abril en el papel de Nucha. Versión de Gonzalo Suárez (1985).

Más adelante, será Perucho quien describa la violencia: El niño recordó entonces escenas análogas, pero cuyo teatro era la cocina de los Pazos, y las víctimas su madre y él. Cuando Perucho acuna a la nené (la recién nacida) le cuenta una historia cuyo protagonista es presentado así “el malo bribón del rey quería comerla, porque era el coco, y tenía una cara más fea, más fea que la del diaño”. […] “Y va el pagarito (Perucho) y con el bico le saca un ojo, y el rey queda chosco [tuerto]”. Es un ejemplo de un niño que presencia y sufre maltrato en su hogar.

Luego vendrán las amenazas de Pedro hacia Nucha: “soy capaz de romperle una costilla si me desobedece (si no da a luz a un niño). Y luego ella experimentará un maltrato físico (del que no somos testigos):

en las muñecas de la señora de Moscoso se percibía una señal circular, amoratada, oscura…

y psicológico, que se percibe en su continuo malestar, la excesiva obsesión con su hija, su enfermedad. Lo que unos llaman histeria yo lo llamo miedo de una mujer maltratada:

Quiero marcharme. Llevarme a mi niña. Volverme junto a mi padre. Para conseguirlo hay que guardar secreto. Si lo saben aquí, me encerrarán con llave, me apartarán de la pequeña. La matarán. […] Yo tengo miedo en esta casa.

El sufrimiento de Nucha es insoportable para ella, para Julián y para todos los espectadores de esta historia de brutalidad hacia las mujeres. (Preparaos para querer arrancar cosas, tirar cosas, entrar a salvar a los protagonistas, etc). Y Doña Emilia lo utiliza para denunciar la educación de las mujeres y la incomprensión de la sociedad.

Si todavía no os habíais acercado a Los pazos de Ulloa por temor soporífero, sabed que aquí no hay descripciones infinitas de 400 páginas ni alardes académicos. Esta es una historia apasionante, testimonio de una época, narrada tan magistralmente por la pluma de mi querida Doña Emilia. El final deja nuestro interés en un punto tan alto que solo podrá satisfacerse con la lectura de la segunda parte, La madre naturaleza.

Fuentes consultadas: 

Acosta, Eva: Emilia Pardo Bazán. La luz en la batalla. Biografía. Lumen, Barcelona, 2007.

Bravo-Villasante, Carmen: Vida y obra de Emilia Pardo Bazán, Revista de Occidente, Madrid, 1962.

[La cita de Mary Lee Bretz estaba en mis apuntes pero no pude encontrar la referencia concreta.]

*Esta entrada forma parte del proyecto “Adopta una autora” para la visibilización de las escritoras. 


Próxima entrada (julio): Emilia Pardo Bazán: “Guía de lectura”.

Las chicas, Emma Cline

Guy no había interesado tanto a la prensa, no era más que un hombre haciendo lo que los hombres llevan haciendo toda la vida, pero a las chicas las convirtieron en algo mítico.


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La idea de este blog es compartir las lecturas que más me han fascinado, tanto de mis escritoras favoritas como de las que voy descubriendo. De ahí que dudara a la hora de escribir –y publicar- sobre Las chicas, un libro que me ha provocado sensaciones contradictorias. La verdad es que no me ha gustado mucho, pero debo admitir que su mérito está en el debate que ha suscitado entre los lectores y creo es interesante destacar aquí los temas que plantea, a partir de varios fragmentos. Dos son los puntos fuertes, en mi opinión, de la novela de Emma Cline; por un lado, el estudio de la adolescencia femenina, las inseguridades de una joven y sus anhelos vistos desde la perspectiva de su yo adulto que reflexiona sobre las decisiones que tomó a sus trece años; y por otro, el lenguaje tan evocador y descriptivo, muy cinematográfico, que nos lleva directamente a la década de los 60 y transmite a la perfección el ambiente de la época, tal y como recordamos haber visto en las películas.

Esperaba que alguien me dijese qué había de bueno en mí. Más tarde me pregunté si sería por eso por lo que había muchas más mujeres que hombres en el rancho. Todo el tiempo que había dedicado a prepararme, esos artículos que enseñaban que la vida no era más que una sala de espera, hasta que alguien se fijara en ti… Los chicos habían dedicado ese tiempo a convertirse en ellos mismos.

Se echan en falta en la novela más párrafos como este. Los momentos en los que la protagonista reconoce el poder de su cuerpo para conseguir su ansiada atención son más abundantes que los que cuestionan la presión que tienen que soportar las chicas adolescentes injustamente. Y es que, siendo consciente de la subjetividad de lo que voy a decir, creo que ya sabemos que en la adolescencia somos muy vulnerables y que la falta de atención de padres o amigos causa actos de rebeldía con los que se corren más o menos riesgos. Aunque no se haya hablado mucho de la adolescencia femenina desde el punto de vista de una mujer, la autora no nos aporta nada nuevo al relato ya conocido. Creo que son más necesarias historias que ofrezcan otros modelos posibles de adolescencia, que den seguridad a las chicas que los lean o que propongan una reflexión más profunda; que no nos despisten de la misma manera que se ha hecho siempre: haciendo que los hombres no sean protagonistas pero luego resulta que sí.

La bofetada debería haberme puesto más alerta. Como quería que Russell fuera bueno, lo era. Como quería estar cerca de Suzanne, me creía todo lo que me permitiera estar allí. Me decía a mi misma que había cosas que no comprendía. Recuperaba las palabras que había oído decir a Russell y les daba la forma de una explicación. A veces tenía que castigarnos para mostrarnos su amor.

Emma Cline Bertran

Ahora ya puestas unas gafas más objetivas, creo que hay cabos sueltos en el relato. La admiración que siente Evie por Suzanne, como concepto, me parece de lo más acertada. Sin embargo, en la novela, no está realmente justificado por qué Evie siente esa adoración por su compañera. La autora nos atrapa con descripciones tan originales y sensoriales como esta:

La sonrisa de Suzanne, que floreció dentro de mí como pirotecnia, esparciendo su humo de colores, sus cenizas errantes y hermosas.

¿De dónde sale toda esa pirotecnia? ¿Es su pelo? ¿La indiferencia? ¿Los efectos de una droga? Inevitablemente percibo que esto no es suficiente para creerme la relación entre ellas. O quizás sea el misterio que provoca Suzanne lo que quiera trasmitir Emma Cline con esas omisiones. Al fin y al cabo, es la autora la que nos indica lo que debemos pensar de los personajes.

Luego está el punto de vista, desdoblado en las voces de la Evie adolescente y la adulta. Las opiniones de la adolescente sobre sus actos siempre están condicionadas por la mirada de la Evie adulta así que acaba siendo un punto de vista único sin una evolución real. Un ejemplo de cómo mostrar el punto de vista adolescente y las reflexiones posteriores sin que se solapen está en Daniela Astor y la caja negra (Marta Sanz), novela de la que ya os hablé aquí.  Creo que tiene todo lo que le falta a Las chicas.

De cualquier manera, el aparato publicitario ha creado unas expectativas, en mi caso, no cumplidas. La morbosidad del clan Mason y el eslogan feminista han resultado ser la receta perfecta del éxito de la novela. Puede que Mason o los hombres no sean el protagonista pero está claro que la sombra masculina tiene una influencia enorme sobre las chicas que aquí conocemos. A pesar de que habla de los años 60, la Evie actual también verá en Sasha repetido su comportamiento de esa época:

Ya debía de haberlo perdonado por dejarla tirada. A las chicas se les daba bien colorear esos decepcionantes espacios en blanco.

Si trasladaramos a Sasha al 2016 ¿seguiría viendo su comportamiento perpetuado? Seguramente sí porque lamentablemente las cosas no han cambiado mucho. Y yo me pregunto, al menos en la literatura, como arma cargada de futuro ¿es que no hay otro mundo posible? Tengo claro que necesito otra literatura, una alternativa que aporte esperanza y muestre una manera diferente de hacer las cosas. Con todo, no descarto que Emma Cline pueda sorprenderme más positivamente en sus próximos trabajos. Who knows?

Nawal El-Saadawi + recomendaciones

La esperanza es poder. En prisión, bailaba para animarme. Nunca me he rendido. Pero lo que más me preocupa de Egipto es lo mismo que me inquieta del resto del mundo. No es posible separar lo local de lo global. Vivimos en un único mundo, no en tres, y está dominado por el mismo poder capitalista, patriarcal y religioso.


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Cuando era pequeña, me fascinaba Egipto y su cultura; me rodeaba de libros sobre la Época Antigua, históricos o de ficción. Lo que tenían en común era que siempre contaban la historia de los hombres. Entonces llegó Nawal El-Saadawi (1931), una mujer brillante y valiente que, en sus obras, relata las dificultades de una chica joven egipcia en una sociedad patriarcal. En un país en el que las mujeres permanecen ocultas ella decide hablar. Nawal El-Saadawi se rebela ya desde niña al cortarse el pelo, después al elegir estudiar Medicina y ejercerla en un mundo de hombres. Luego vendrán cargos políticos, directora de Salud Pública o consejera de la ONU para el programa Mujeres en África, pero sus opiniones resultan incómodas y acabará en la cárcel. Nada consiguió cambiar o suavizar su discurso; en vez de eso la represión y la censura la impulsaron a seguir con sus reivindicaciones y su activismo contra la mutilación genital femenina (que ella misma padeció). Sus palabras y su vida son un ejemplo de lucha por los derechos de las mujeres.

En Memorias de una joven doctora nos encontramos un texto autobiográfico cuyos episodios centrales vienen acompañados de una carga emocional que le aporta una matiz muy íntimo. Habla directamente al lector, pero casi parece que dialoga consigo misma para poner en orden sus recuerdos y contradicciones. El-Saadawi creció en una familia conservadora donde su hermano era el centro y ella, más inteligente y capaz, tenía que resignarse a un segundo plano, recatado e inmóvil. Sin embargo, ella no podía parar. En su relato el cuerpo va a tener un protagonismo fundamental; a través de él observamos las diferencias que la cultura ha impuesto a los chicos y a las chicas, y la mirada de una joven doctora sobre los cuerpos muertos, frágiles, donde el hombre aparece desprovisto de poder.

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Memorias de una joven doctora, Lumen (2006).

El enfrentamiento con el mundo que la rodea la lleva a apartarse de él y buscar refugio en una zona rural. Este aislamiento no arreglará su conflicto entre el cuerpo y sus ideas y tendrá que ir superando nuevos obstáculos. Ella es mujer y doctora lo que dificulta ganarse el respeto de la sociedad. No decae y en sus palabras, tan reconfortantes, encontramos auténticas lecciones de vida. Ninguna de sus decisiones es un error sino una oportunidad de aprendizaje, siempre con la búsqueda de la libertad como meta.

La relación con los hombres que aparece en Memorias… es otro ejemplo de la opresión masculina. Su primer marido se vuelve cada vez más controlador y ella acabará divorciándose. La escritora sabe bien que la independencia es un arma contra el control y por eso, en sus entrevistas, repite una y otra vez esa necesidad de autonomía unida al poder de la esperanza. Mi próximo paso es leer sus novelas, basadas en sus propias experiencias y que seguro ayudarán a entender la realidad de las mujeres de su tiempo en un Egipto que, en sus palabras, no ha cambiado mucho desde entonces.

Al terminar este libro de memorias, me queda la sensación de que me hubiera gustado leerlo hace años. Creo que es una lectura muy inspiradora en los años anteriores a empezar la Universidad, antes de tomar la decisión. Su escritura sencilla y emocional consigue diluir los prejuicios de la adolescencia y que veamos con más claridad. Además, su estilo consigue que nos podemos identificar con su historia, a pesar de la distancia temporal y espacial, y es un buen punto de partida para empezar a cuestionar la represión impuesta a las mujeres.

Este es el punto débil en el que los hombres se apoyan para conseguir el control sobre una mujer: la necesidad de protegerla de otros hombres. Los celos del macho sobre su hembra. Él dice temer por ella, cuando en realidad teme por sí mismo, dice estar protegiéndola pero lo que quiere es poseerla y rodearla de un muro.


Conocer las historias de las mujeres a través de su propia experiencia es tremendamente interesante y hermoso. Algunas utilizan el género autobiográfico y otras prefieren la ficción basada en sus vivencias. En todo caso, las diferentes perspectivas nos acercan, sus relatos nos ayudan a no sentirnos solas. Repasando mi cuaderno de lecturas he querido aprovechar esta entrada para compartir algunas lecturas sobre escritoras que nos cuentan la vida en otro tiempo o en otro lugar, no tan diferente ni tan lejano. Mujeres que hacen nuestra historia común #sororidad.

RECOMENDANDO ESCRITORAS:

Apuntes autobiográficos de Emilia Pardo Bazán que podéis leer aquí.

Los usos amorosos de la posguerra española, Carmen Martín Gaite.

Solterona, Kate Bolick. Ver entrada.

Tea-Rooms, Luisa Carnés. Ver entrada.

La mujer nueva, Carmen Laforet.

Mujeres de negro, Josefina Aldecoa (Segundo libro de la trilogía que empieza con Historia de una maestra)

Una habitación propia, Virginia Woolf.

El cuaderno dorado, Doris Lessing.

Women and Economics, Charlotte Perkins Gilman.

Manual para mujeres de la limpieza, Lucia Berlin.

Escucho el silencio, Mercedes Formica.

Y, aunque no los he leído todavía, muy arriba en mi lista de pendientes: La lección de anatomía y Clavícula de Marta Sanz.


¿Habéis leído alguna de estas lecturas? ¿Se os ocurren más libros sobre experiencias de escritoras? Si teneís alguna recomendación, no dudéis en comentar; estoy deseando conocer más libros para continuar mi viaje por las historias de las mujeres :).