La mujer del artista en la literatura (4): Pepita Wetoret y Dolores Armijo

 

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Antes de nada, si acabas de llegar, esta es la última entrada de la serie La mujer del artista en la literatura”. En los siguientes enlaces puedes acceder a los capítulos anteriores: Introducción, Juana Pacheco-Velázquez, Leocadia-Goya.

Larra y Pepita Wetoretpepita-wetoret-alenarterevista-net

En La detonación, la última de las obras que voy a analizar, se da un caso diferente ya que aparecen dos mujeres : Pepita Wetoret y Dolores Armijo, identificadas en la obra como la misma mujer (la misma actriz las representa). Pepita Wetoret, la mujer de Larra, se describe en la acotación como una criatura muy joven y linda, de dorados cabellos”. El amor entre ambos se presenta como un amor convencional, nada espontáneo, supeditado por la opinión de los padres, como era habitual en la época. Él la llama novelera porque se comporta como una mujer-tipo decimonónica: recatada y soñadora. Estamos ante dos personalidades opuestas: él lucha contra las injusticias de su tiempo y ella se conforma. En la pareja, Pepita se muestra ignorada (“¿Has olvidado que estoy yo aquí?”), apartada del mundo de su marido.

Ella no está conforme con su vida austera; Pepita necesita un estatus más elevado, con más comodidades, y esto lleva a un enfrentamiento con Larra en el que ella critica su manera de escribir; estamos ante puntos de vista opuestos: ella porque cree que todo sería más fácil si escribiera de una manera menos mordaz: así podría ganar más dinero. Sin embargo, Larra, fiel a sus principios, sabe que su deber es decir la verdad y no puede renunciar al tono de denuncia de sus artículos. Aquí estaría escenificada la mujer como intento de destrucción del arte de su marido.

Larra y Dolores Armijo

La verdad es que Larra está enamorado de Dolores Armijo, una mujer casada con José María Cambronero. En la obra aparece descrita como “una arrogante criatura de veintiséis años, de labios deliciosos y media máscara deslumbradoramente bella, enmarada por los azulados brillos de su negra cabellera […]”. Pepita representaba un ideal de mujer angelical frente a Dolores, la femme fatale.

dolores-armijoAnte este amor, él se muestra apasionado, no ve obstáculos para que vivan juntos. Será ella la que marque una distancia entre ambos porque le interesa más su posición social. Larra siente un vacío en su vida debido a la censura y la falta de apoyo por parte de Pepita y piensa que Dolores puede llenarlo. Sin embargo, el amor de Dolores no es tan fuerte, parece fruto de un capricho. El punto de inflexión llegará cuando Pepita ponga sobre aviso al marido de Dolores y esta elija permanecer a su lado, anteponiendo su propio interés y provocando la decepción de Larra. Al final, las dos mujeres lo abandonarán. Esta frustración final será el último episodio que recuerde Larra antes de la detonación (su suicidio).

TODAS LAS MUJERES SON IGUALES

Uno de los rasgos comunes en estas mujeres de artista es el de no comprender el arte de sus maridos, sin embargo en Dolores encontramos aparentemente una opinión diferente ya que afirma “Usted es maravilloso. Yo vivía triste y despechada hasta que empecé a leer sus cuadernos. ¡Cómo respiré! Al fin, la verdad, la ironía saludable, el latigazo a esta sociedad hipócrita…Y pensé: a este hombre sí podría amarlo”. Aunque en aparariencia distinta, este diálogo revela la opinión de Larra sobre las dos mujeres de su vida:

Larra: Tonto de mí. ¿Cómo pude creer que tú no llevabas máscara? Al fin te veo tal y como eres. Y eres…Pepita. Sois la misma.

Si un día te dicen que Larra se quitó la vida, no pienses que lo hizo por amor, sino porque…todo es irremediable. Adiós, Pepita.

Dolores: ¿Pepita?

Larra: O Dolores, qué más da.

En esta última intervención, hay que destacar  que Larra llega a confundir a Dolores con Pepita y acaba diciendo que son la misma. Varios elementos de la obra reafirman esta idea: las dos tocan la misma pieza ante el piano, las dos evolucionan desde un aparente amor y comprensión hasta el desdén y el abandono. Esta asimilación de la mujer como todas son iguales también estaba presente en el discurso misógino.

La concepción más generalizada era la de que la mujer era imitadora por naturaleza y nunca creadora, de ahí que se afirmase que por eso eran buenas actrices. Es un buen ejemplo de este caso el de Sibyl Vane, la mujer que aparece en El retrato de Dorian Gray (Oscar Wilde). Él se enamora de su capacidad para reproducir las palabras de los personajes femeninos de Shakespeare y cree estar ante Julieta y Ofelia. Sin embargo, cuando ella vuelve a la realidad no deja de ser “superficial y estúpida”. Parece ser que la opinión era que “las mujeres normales son monótonas; se parecen una a otra”

Estas tres mujeres nos devuelven tres mitos: el de la mujer ingrávida o postrada (sumisa), el de Judith y el de la mujer imitadora. Estos mitos insisten en la idea de que la mujer no tiene ningún mérito, ni siquiera el de su belleza, como indica esta afirmación de Weininger “El descubrimiento de la belleza ideal en una mujer era un acto creativo del artista y en ningún caso suponía un valor intrínseco de la propia mujer. Se trataba, simplemente de una atribución del ideal a su personalidad” y que también conecta con la idea de la relación entre el arte y la mujer.

Con esta entrada termina esta serie de personajes que no es más que otra prueba de la representación de los mitos misóginos en la literatura. Además, prentendía rendir un pequeño homenaje a un dramaturgo tan importante como es Buero Vallejo. Obras como La Fundación o El tragaluz son joyas de nuestro teatro, creadas para quitar la venda de un público que vive en dictadura, al que se le niega la verdad. Pero él nos la ofrece entre líneas, para que la censura permita, y el teatro haga su función.

Próximamente…

Y sin dejar este género, la siguiente serie de personajes viajará hasta el Renacimiento español donde conoceremos a un precursor del teatro feminista, y de ahí se irá hasta Noruega para terminar en el Manchester más ochentero. ¿Qué tienen en común personajes femeninos de épocas tan dispares? Ser lo que se conoce como “malas madres y esposas”. Sea bienvenida la rebeldía teatrera.

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La mujer del artista en la literatura(2): Juana Pacheco.

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Las Meninas se estrenó en Madrid en 1960.

Las Meninas, Buero Vallejo.

Aunque en la sección #personajes no se profundiza en la trama ni los temas de la obra, sí que me parece importante hacer un breve apunte para contextualizar lo que luego se analizará. Las Meninas pertenece al teatro histórico de Buero, que si bien alejado en el tiempo, representa una reflexión y una crítica sobre la época que estaba viviendo el propio autor: la dictadura. De ahí que los personajes principales defiendan la expresión artística frente a la represión de los poderosos. Por eso, su producción teatral es un grito de denuncia envuelto en episodios históricos y conflictos familiares para poder burlar a la censura y hacer llegar su mensaje al público. En esta obra, una pintura de Velázquez será el objeto de esa censura y el personaje de su mujer, Juana Pacheco, se inscribe plenamente en lo que entendemos por “mujer del artista”.

La mujer pasiva.

Juana Pacheco tiene un papel fundamental en el desarrollo de la trama pero no es un personaje definido sino que es una mujer tipo: pasiva, celosa, atenta al cuidado de su familia (es madre y abuela). Cuando Velázquez conversa en el taller con otros pintores, Juana se acerca a la puerta para escuchar la conversación y al oír mencionar a una modelo se aparta, como nos dice la acotación: “con un mal gesto, […] bruscamente y sale por el centro de las cortinas”. Los celos no son algo gratuito en el personaje sino que explicarán la traición que ocurrirá al final. Otros de los rasgos de su personalidad van a ser la frialdad y la distancia con la que habla de los cuadros de su marido. Mientras el resto de personajes hablan sobre la pintura de Velázquez, Juana sentencia “me importan más mis nietos”. Por lo tanto, tenemos a la mujer que se define por su relación con los otros: con su familia, con su marido, con el arte, y no como un individuo pleno.

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Juana y el arte.

Como ya había mencionado en la introducción, las mujeres han permanecido al margen de producción artística de sus maridos porque los autores entendían que las mujeres no eran capaces de comprender el arte e incluso podían ejercer una influencia negativa en el genio del artista debido a su capacidad destructora. Son varios los momentos en la obra en los que se alude a este hecho:

a) “Veláquez: (Ríe.) Es mi pintura la que se siente sola.

Juana: El rey la admira.

Velázquez: No la entiende.

Juana: Tampoco yo la entiendo y la amo, Diego. Porque te amo a ti.”

 b) Juana: “soy una pobre mujer que no entiende de pintura. Ni a ti; porque tú eres tu pintura”.

c) Velázquez: “Te seguí queriendo Juana. Tanto que me era imposible ofenderte con ninguna otra mujer. Te he sido fiel: en Italia y aquí. Pero hube de resignarme a que no me entendieras. No te guardo rencor, Juana. Has sido una compañera abnegada, a pesar de todo. Mas ya no puedo fiar en ti”.

Velázquez es el artista incomprendido frente a los celos de una mujer que no ve más solución que destruir la pintura de su marido. Estaríamos entonces ante la mujer como destrucción del artista. Pero en la obra será otro personaje el que ejerza una influencia negativa sobre ella y la manipule para conseguir su objetivo. Al final, Juana es una mujer utilizada.

d) Juana: “Solo piensas en tu pintura, sin querer ver que a tu lado penaba una mujer que envejecía…y que te ha sido fiel”.

e) Velázquez: ¿Le enseñaste la pintura?

Juana. Sí, pero lo hice para ayudarte, Diego.

Velázquez: ¿Estás segura?

Juana.  ¿Dudas de mí?

Velázquez:Lo denuncia tu voz. No sabes si has desobedecido a tu esposo para ayudarle o para hacerle daño.

La reprobación del marido y la abnegación y el sufrimiento de la esposa hacen de este un retrato simplista de las mujeres, como viene siendo habitual. Aunque la finalidad de la obra es otra, no queda duda de que estamos ante un ejemplo más de las mujeres apartadas del arte mediante argumentos que reducen su personalidad a dos caracteres: el servicio a los otros o la destrucción.