Cómo ser mujer en el siglo XIX (5): la femme fatale en La Quimera

Si bajo la ficción novelesca palpita algún problema superior a los efímeros eventos que tejen el relato; si un instante el soplo divino nos cruza la sien, ¿por qué ocultarlo? ¿no es esto tan verdad como las funciones del organismo?


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Doña Emilia Pardo Bazán observando como Joaquín Vaamonde es abrazado por la Muerte. Caricatura de Mariano Miguel realizada con motivo de la publicación de La Quimera, vía Cervantes Virtual.

En 1905, Emilia Pardo Bazán abandona el naturalismo tras caer rendida a los pies de la tendencia del momento en Europa: el decadentismo. Oscar Wilde (Salomé) en Inglaterra o Baudelaire (El Dandy) y la panda maldita en Francia, dejan KO al materialismo realista con su individualismo hedonista y su “arte por el arte”. Huysmans y Barbey D’Aurevilly tensan el decadentismo y lo llevan a su extremo más esteticista y misógino: desde el hombre que se encierra a disfrutar del arte en su mansión (y le pone joyas al caparazón de su tortuga [spoiler alert: la tortuga muere] a las mujeres como fuente de crueldad en Las Diabólicas. También Mirbeau o L’Isle Adam. Es una época oscura para el arte y la sociedad, y nuestra curiosa autora recoge, estudia y experimenta en su novela La Quimera.

Emilia Pardo Bazán tuvo una cita con Huysmans en París; no puedo saber de qué  hablaron en esa comida, pero seguro que fue muy muy interesante. Lo que está claro es que su novela, Del revés (A contracorriente) tuvo que provocar en Emilia gran impresión ya que, al igual que el autor, incluyó el diálogo de la Esfinge y la Quimera. La esfinge es un elemento de lo más finisecular, símbolo del poder destructor de la mujer: destruye al artista. Aquí el artista es Silvio Lago, álter ego del pintor Joaquín Vaamonde, retratista de Doña Emilia; por eso en la época ya se especuló con las posibles referencias autobiográficas de la novela. La autora desmintió que fuera una texto en clave, afirmando que era una novela sobre la literatura y el arte. Parece que es una mezcla de todo: el artificio y la sátira la Madrid de los salones y el clasismo.

La Quimera habla sobre el proceso creativo a través de las dificultades que encuentra Silvio Lago para afianzar su estilo y su carrera en Madrid. Es una especie de dandy que rechaza la mediocridad y destila misoginia. De hecho, las tres mujeres que van a tener importancia en la trama, giran en torno al pintor. Por un lado, tenemos a Minia, una baronesa que ayuda a Silvio Lago en sus comienzos. Es una mujer moralmente intachable, claramente un álter ego de nuestra Emilia. También conoceremos a Clara Ayamonte una mujer culta que, ante el desengaño amoroso, encuentra el sentido de la vida en la religión. Ella simboliza el rechazo a la vida materialista, dando entrada al espiritualismo.

d222f033f3afa6302b4d1f0e614fde23--noir-style-s-styleY por supuesto, esta novela cuenta con su femme fatale: Espina Porcel. Ya el nombre nos pone en alerta ¡cuidado que pincha! Y es que en el siglo XIX, como ya os contaba en esta entrada y en esta, como respuesta a la emancipación de las mujeres surge una misoginia devastadora. Ciertos señoros científicos pontifican unas idas de olla impresionantes sobre la no autonomía de las mujeres, su capacidad destructora (todo el mundo sabe que cuidar de la familia, trabajar en casa y fuera de ella deja mucho tiempo para devastar ciudades). Por ejemplo,  decían que las mujeres no pueden crear, solo copiar. Y para demostrar todo eso estaba el personaje de la femme fatale.

Emilia Pardo Bazán reproduce el mito de una manera literaria y estereotipada: todos los personajes son un cliché, tan artificiales como la época que los crea. Espina Porcel reúne todos los rasgos de una femme fatale: manipuladora, snob, histérica, refinada, artificial, una actriz de la vida en un ambiente de drogas y erotismo. Y ya que la serie “Cómo ser mujer en el siglo XIX” se centra en la representación de las mujeres, pongamos el foco en la descripción de esta peculiar mujer:

Lo bello es lo artificial. […] Mi pelo es tintura, mi húmeda boca es pintura, mi atractivo no es la exhibición de mi cuerpo, sino el saber recatarlo, cual se recata los misterios de los santuarios.

 

¿Dónde está la verdad?

Ella responde:

En ninguna parte, todo es apariencia, ilusión, desfile de sombras chinescas sobre las paredes iluminadas o lóbregas de nuestra alma.

El cutis de Espina se le figuraba frío como el de un reptil. La neurosis, el diablillo de la neurosis, debía de danzar en esto.

La Quimera es la novela más extensa de Doña Emilia y creo que la más difícil de recomendar, por el simbolismo y las abundantes explicaciones artísticas. Viajes por Europa, retiros en el pazo gallego, todo recuerda a las propias experiencias de la autora que le sirvieron para completar esta monumental novela (583 páginas en la edición de Cátedra). Es un ejemplo de esa capacidad inquieta y renovadora de la autora, siempre al tanto de lo que pasaba en Europa y arriesgándose a traerlo a España.

Por suerte, no fue la única autora que nos dejó míticas mujeres fatales; también Carmen de Burgos “Colombine” desarrolló el tema en su breve leyenda “La mujer fría”, donde una misteriosa viuda negra guarda un íntimo y repugnante secreto. Y fuera de España, sin abandonar el siglo XIX, se dejó llevar por el decadentismo Willa Cather en “El caso de Paul: estudio de una personalidad” (La nueva mujer: relatos de escritoras norteamericanas en el siglo XIX).

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Así comienza otro año más dedicado a Emilia Pardo Bazán ¿Qué nuevas anécdotas e intrigas nos tendrá reservadas?

*Esta entrada forma parte del proyecto “Adopta una autora” para la visibilización de las escritoras. 

 

 

 

 

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CÓMO SER PERSONAJE FEMENINO EN EL SIGLO XIX (4): Salomé.

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Salomé, Oscar Wilde (1891)

Salomé es lujuria y fatalidad. O eso es lo que nos han contado. Su nombre significa “la pacífica”, ¡qué ironía!, ¿verdad? Pero muchos hombres la escribieron en los Evangelios, muchos la dibujaron en el siglo XIX, y fue unas veces niña y otras mujer. También marioneta de su madre, bailarina seductora, instigadora del mal. Siempre caprichosa y material. La no mujer porque es fuerza. La no mujer porque es cazadora y no presa. Pecado de mujer.

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Aubrey Beardsley realizó las ilustraciones para la edición de Salomé.

Oscar Wilde, en su obra teatral Salomé, parte de la tradición y de los relatos de los escritores franceses Huysmans (A contrapelo) y Flaubert (“Herodías”) para crear un relato novedoso con numerosos símbolos y referencias que contribuyen a resaltar los atributos destructores de Salomé. Ese simbolismo se asienta en el número tres como expresión de la divinidad y lo abstracto (el proceso creativo) y los colores, que también son tres: el blanco (la luna y su diosa Diana, perversa y destructora), el rojo (sangre, pasión) y el negro (muerte). Hay dos elementos que dialogan entre sí para subrayar el papel secundario de la mujer: por un lado, la dicotomía ver/oír (seducción material (mujer)/intelecto (hombre)) y, por otro lado, la luna, satélite que refleja la luz ajena. En el siglo XIX prospera la concepción de la mujer como excelente actriz, ya que, según defienden, su capacidad para representar es muy superior a su capacidad de creación (ámbito masculino). Esto ya lo encontrábamos en El retrato de Dorian Gray, donde el protagonista se enamora de la actriz y no de la mujer: solo le interesa por su interpretación de Shakespeare. En Salomé los personajes masculinos están mejor configurados frene a los femeninos que son más planos, construidos en función de un modelo, de lo que se espera de ellas.

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Margarita Xirgu estrenó Salomé en Barcelona (1910)

Para Ortega y Gasset, el comportamiento de Salomé es un ejemplo de femineidad deformada (“No sería mujer Salomé si no necesitase entregar su persona a otra persona; pero, mujer imaginativa y frígida, la entrega a un fantasma, a un ensueño de su propia elaboración.”, “Esquema de Salomé”). Para estos autores, ella es una mujer reprobable, mata-hombres. En definitiva, estas son pruebas suficientes para demostrar que Salomé fue utilizada como arma para castigar a las mujeres, para negar su naturaleza, para coartar su libertad, como también lo fueron Pandora, Cleopatra o Helena de Troya.

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Gustave Moreau, Salomé danzante.

Esta serie de cuatro capítulos ha querido ser una pequeña muestra de los límites impuestos a los que se han enfrentado las mujeres, siempre obligadas a elegir entre la sumisión o la humillación padecida por aquellas que se rebelaban, mujeres culpabilizadas y anuladas. Por desgracia, todavía hoy estos dos roles siguen existiendo y una manera de desterrarlo es promover la coeducación desde el principio, enseñando que hay tantos modelos de mujer como queramos, que hubo otras hermanas primero que permanecen desconocidas pero nos abrieron el camino. Hagamos hueco en los libros a las mujeres viajeras, escritoras, reporteras o científicas porque las nuevas generaciones de chicas y chicos necesitan saber que otro mundo es posible para crecer libres.

CÓMO SER PERSONAJE FEMENINO EN EL SIGLO XIX (3): la femme fatale.

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En las últimas entregas de “Cómo ser personaje femenino en el siglo XIX” (1) y (2) la mujer sumisa fue la protagonista. Ahora le toca el turno al reverso de este doble “modelo” de mujer: la femme fatale.

Si las mujeres no se ajustaban a su papel tradicional de “buena hija- buena esposa- buena mujer”, pasaban al lado oscuro, las brujas, las castradoras, la mala mujer, Pandora, Eva, Salomé, la culpable. En esta época las mujeres intentan trascender el espacio doméstico, luchan por sus derechos, quieren votar, trabajar, ser independientes y toda esta situación provoca el rechazo por parte de los hombres. El conflicto entre lo que la mujer tiene que ser (según lo que otros hombres dijeron o escribieron) y lo que realmente son aparece reflejado en un texto de Ortega y Gasset, titulado “Esquema de Salomé”:

“la esencia de la femineidad es el hecho de que un ser sienta realizado plenamente su destino cuando entrega su persona a otra persona. Todo lo demás que la mujer hace o es tiene un carácter adjetivo dado. Frente a ese maravilloso fenómeno, la masculinidad opone su instinto radical, que la impulsa a apoderarse de otra persona. Existe, pues, una armonía preestablecida entre hombre y mujer; para ésta, vivir es entregarse; para aquél, vivir es apoderarse, y ambos sinos, precisamente por ser opuestos, vienen a perfecto acomodo.”

Ese ambiente propicia el crecimiento de tendencias misóginas basadas en tesis como la que vemos en el texto anterior: la mujer se anula por su carácter secundario respecto al hombre, su función es totalmente pasiva. Otras de esas tesis fundamentadas en una ideología represiva atribuían, por ejemplo, desordenes psicológicos a las mujeres que bailaban. Precisamente en el Fin de Siglo, nos encontramos con numerosas bailarinas como Carmen Tórtola Valencia, Loie Fuller o Isadora Duncan.  Mujeres fuertes que mostraban su libertad a través de movimientos innovadores:

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Isadora Duncan.
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Carmen Tórtola Valencia.
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Loie Fuller.

La femme fatale es un símbolo de ira y destrucción: las mujeres perversas y destructoras representadas con melena larga y cabello abundante de color rojo o a través de figuras animalizadas como la serpiente o la esfinge. Ellas atrapan al hombre, anulan su intelecto y son las culpables de todos los males. Todos esos atributos negativos vuelven a tener su representación artística en la época, reflejo del interés que despertaba en ese momento y de cuáles eran los modelos de mujer en ese momento histórico (a pesar de que sigan perdurando). También la literatura está plagada de referencias a este personaje femenino (Las Diabólicas, Barbey D’Aurevilly, La Quimera, Emilia Pardo Bazán) y en la próxima entrega me centraré en la figura de Salomé, especialmente en la obra teatral de Oscar Wilde.

8. Dante Gabriel Rossetti Helena de Troya (1863)
Helena de Troya, Rosseti (1863)
12. John William Waterhouse La belle dame sans merci (1893)
La belle dame sans merci, Waterhouse (1893)
2. Félicien Rops La Esfinge (1879)
La esfinge, Felicien Rops (1879)